Una familia argentina en la NASA
Cuatro argentinos
visitan un destino poco común para unas vacaciones: la NASA. Es así que
terminan inmersos en uno de los episodios más debatidos de la historia mundial:
la llegada del hombre a la luna.
por Betiana Noel Grippo

A mi familia y a mí siempre nos fascinó el tema. Por
eso, decidimos viajar a la NASA hace unos meses atrás. El típico logo, que
simula a un asteroide girando alrededor de la sigla que quiere decir
Administración Nacional de la Aeronáutica y del Espacio, es lo primero que veo
cuando paso los molinetes. Mi familia y yo corremos para sacarnos una foto
debajo de él. Mi papá lleva una remera con la bandera de Estados Unidos, recién
comprada. Mi mamá filma y mi hermana y yo traducimos al español, lo que
nuestras clases de inglés particular nos permiten. Todo nos delata: somos una
típica familia de turistas argentinos en Norteamérica.
Mis padres- de casi 50 años- fueron contemporáneos
de los alunizajes y de las misiones a la Luna. Sin embargo, mi hermana y yo
crecimos escuchando dos versiones: que el alunizaje no podía ser más que verdad
y a la vez que era una farsa inventada por los Estados Unidos para ganar su
carrera espacial contra la Unión Soviética.
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A menos de una hora en automóvil desde Orlando, y a
360 kilómetros de Miami, Cabo Cañaveral no se parece en nada a estas ciudades.
Para llegar a este lugar de 10.000 habitantes, donde abundan las zonas
residenciales junto con pequeños centros industriales, tenemos que cruzar una
ruta sobre el río Indian. Esta ciudad, conocida como Cabo Kennedy entre 1963 y 1973, se encuentra dentro de
la Isla de Merritt. Ni los imponentes edificios, grandes shoppings o la
diversidad cultural son una característica de la zona. Tampoco sorprenden los
autos lujosos, ni los personajes ostentosos.
El Centro Espacial John F. Kennedy se encuentra
ubicado al norte de la isla, donde se desarrollan la gran mayoría los
lanzamientos y operaciones de la NASA. Allí también hay un complejo para
visitantes, donde se montó un parque temático a modo de museo con atracciones
incluidas, para los turistas curiosos en asuntos espaciales como nosotros.
—Speak Spanish?
-le pregunta mi papá a la recepcionista del museo.
—No, sorry.
En Cabo Cañaveral las personas que hablan en español
son mucho menos que en Miami, por lo que en el hall de entrada al parque nos
entregan una especie de teléfonos celulares pequeños, que en realidad son
traductores en los que se marca un código para seleccionar el idioma. Un fiel compañero para los que
desconocen el idioma, mis padres.
Al iniciar el recorrido del complejo para
visitantes, lo primero que hacemos es un tour por las instalaciones. Mi hermana
menor -y en plena adolescencia- se aburre al principio, tanto que se queda
dormida. Pero a medida que nos van llevando en una camioneta y vemos las
plataformas de lanzamiento y las oficinas, nuestra sorpresa es más grande y mi
hermana no vuelve a pegar un ojo.
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La intención del presidente Kennedy de llegar a la
Luna no surgió sólo de su imaginación. Tras la Segunda Guerra Mundial, Estados
Unidos y la Unión Soviética se embarcaron en una Guerra Fría de espionaje y
propaganda. Entre 1957 y 1975, y enmarcados en ese conflicto, los dos países
iniciaron una carrera espacial con el objetivo de demostrar superioridad en
cuanto a tecnología y el poder de su ideología nacional. El 4 de octubre de
1957, la URSS lanzó con éxito el Sputnik 1, el primer satélite artificial de la
historia y el primero de una serie de cuatro satélites que lograron alcanzar la
órbita terrestre y llevar el primer animal a bordo, la perra Laika.
Los soviéticos lograron también que los humanos
orbiten la Tierra por primera vez, en paralelo con los Estados Unidos. Pero la diferencia es que ellos redoblaron la
apuesta: la carrera con la actual Rusia no terminaría hasta que el hombre
pisara la Luna. Así fue como crearon el programa Apolo, a principios de 1960,
al cual los rusos no pudieron ganarle. Con él, concretaron el hito más
importante de la historia de la humanidad.
***
Estamos sentados en la mismas
gradas que el 16 de julio de 1969 alojaron a las miles de personas que, con sus
cámaras y binoculares, gritaban al ver la cuenta regresiva para el despegue del
cohete Saturno V, el más poderoso alguna vez construido y encargado de enviar
al espacio a los primeros hombres que pisarían la luna. Ese día, la tripulación
de la misión Apolo 11, conformada por
Neil Armstrong, Edwin Aldrin y Michael Collins, subió por el ascensor
que los llevó al módulo de mando de la nave, su nuevo hogar hasta el alunizaje.
El centro de operaciones y controles de la NASA está
ahora frente a nuestros ojos, en una simulación de lo que se vivió esa mañana
mientras se chequeaban los procedimientos de rutina para el lanzamiento.
Comienzan los últimos diez segundos, los motores del cohete empiezan a rugir y
a echar fuego. Las ventanas del centro del control tiemblan. 3...2...1... Y el
Saturno V deja la Tierra, ovacionado por el pueblo, no sólo norteamericano,
sino por el mundo entero, a través de las pantallas del televisor.
Al salir de la función, lo primero que explota ante
nuestra vista es un enorme hangar con la réplica del cohete Saturno V y del
módulo lunar Eagle, los escudos de las distintas misiones del programa Apolo y
trozos de roca lunar, que se pueden tocar. También hay tiendas de comida
rápida, que tientan con sus hamburguesas gigantes, apiladas una encima de la
otra. Cuanta más grasa, mejor.
Cada parte del recorrido tiene un código para marcar en el traductor que mis padres no paran
de utilizar. El inicio está indicado con una calcomanía en el piso, que muestra
una huella de astronauta marcada en la tierra lunar y una flecha hacia arriba
que indica: “A la Luna”. El módulo original donde viajaron los astronautas está
exhibido en una sala contigua, junto a sus trajes espaciales. Al contemplarlos,
pienso que esos trajes manchados de tierra lunar no pueden ser un invento.
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“Un pequeño paso para un hombre, un gran salto para
la humanidad”.
La música ambiental que nos hace sentir en el
espacio no deja de sonar. En una de las paredes están los diferentes diarios
del mundo, del 21 de julio de 1969.
El día anterior la misión Apolo 11 aterrizó
exitosamente, llevando a bordo a los primeros hombres que pisarían la Luna.
Seis horas y media después del alunizaje, dos de los astronautas salieron del
módulo. El primero en hacerlo es Armstrong, quien a las 2:56 horas del 21 de
julio de 1969, le describe a Houston lo que ve en la superficie lunar y
proclama la famosa frase, que remite a las tan cuestionadas imágenes: que por
qué no hay estrellas, que la bandera parece flamear cuando no hay viento, que
todo fue grabado en un estudio, etc.
Muy atrás quedaron los soviéticos en la carrera
espacial. Las misiones del Apolo lograron situar a 12 hombres estadounidenses
en la Luna, de un total de 21 que pudieron orbitarla. El último en pisar la
superficie lunar fue Eugene Cernan, comandante de la misión Apolo 17, quien antes
había ya orbitado la Luna en el Apolo 10. Con esta misión, realizada en
diciembre de 1972, finalizó el proyecto Apolo y ningún ser humano volvió a
pisar la Luna.
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Debajo del cohete, veo sentado en un pequeño
banquito de madera a un hombre al cual muchos no le prestan atención. Sus canas
y sus anteojos delatan sus casi 80 años; por encima de su chomba a rayas verdes
y blancas, usa un chaleco azul con el logo de la NASA. A su lado, un gran
cartel blanco reza: “¿Preguntas? Roy Whitson, ingeniero retirado de la NASA”.
Su nombre se encuentra en el Hall de la Fama de los
Trabajadores Espaciales de los Estados Unidos por participar en el proyecto
Gemini 4, que fue el paso anterior al programa Apolo y el segundo viaje
realizado con tripulación que logró el primer paseo espacial de Estados Unidos
el 3 de junio de 1965. Además de ser parte de las misiones del Apolo, también
participó en el programa Space Shuttle, desarrollado desde 1981 hasta el 2011,
encargado de poner a los transbordadores en el espacio. En todos ellos, se
encargó de diseñar sistemas y de participar en las comunicaciones que se
establecían con los astronautas en el espacio.
Con mi familia, nos acercamos a él para preguntarle
acerca de la única misión tripulada fallida del programa Apolo13, lanzada al
espacio el 11 de abril de 1970. Fue la tercera con el objetivo de alunizar,
pero tuvo que ser abortada dos días después del despegue.
—Speak Spanish? -pregunta mi
papá por segunda vez en el día.
—No, I’m sorry- responde Roy, entre risas.
Inmediatamente, me convierto en traductora.
— ¿Ves ese módulo de servicio que está ahí? Dentro
de él hay dos tanques verdes -nos explica Whitson, señalando hacia su izquierda
y mostrando el módulo. Esos son los tanques de oxígeno. Dentro de ellos hay
unos ventiladores que hacen circular el aire, porque lo que hay ahí es oxígeno
líquido muy frio. Entonces, encendieron esos ventiladores para controlar la
temperatura.
Le traduzco a mi familia que el problema residió en
que al prender esos ventiladores, unos cables hicieron cortocircuito,
ocasionando que uno de los tanques de oxígeno colapse y estallara. Esa
explosión dañó el paso del combustible, que combinado con el oxígeno y el
hidrógeno en los tanques, hacían andar al módulo de servicio. Además, ese
colapso dañó al otro tanque, causando que se vaciara y que los astronautas
quedaran sin el oxígeno necesario.
—No hay baterías
en ese módulo de servicio. Pero sí las hay en el módulo de comando. Esas las
usarían para aterrizar, por lo que no podían usarlas en ese momento. Por ende,
usaron el oxígeno y las baterías de un módulo como ese -señala hacia arriba,
donde está colgada la réplica del módulo lunar- para poder salvarse.
Durante la película Apolo 13, se ve a los astronautas tratando de improvisar un
filtro. En el módulo lunar había poca cantidad de recipientes de hidróxido -una
sustancia utilizada en naves espaciales que sirve para depurar el aire-, los
cuales eran redondos y ellos tenían cuadrados en el módulo de mando, por ende,
tenían que tratar de construir una forma de unirlos. Además, no tenían
suficientes ya que el módulo lunar tenía para tres días, no para seis que les
tomaría volver. Es por eso que usaron bolsas de plástico para unirlas, junto
con el filtro, y cuando lo prendieron, el aire circulaba con oxígeno puro.
Su reconstrucción de los hechos es pausada y
detallada. El cartel que cuelga de su pecho, que dice “docente Roy”, justifica
su capacidad para explicar. De la misma forma, expone el otro problema que tuvo
que enfrentar la tripulación del Apolo 13: el daño de los motores.
—Al explotar los
tanques de oxígeno, no sabían cuán grande era el daño de los motores, por lo
que usaron los motores del módulo lunar, que iban a ser utilizados para
aterrizar en la Luna, para volver a la Tierra. No tenían suficiente energía en
las baterías para los tres días siguientes, por lo que hubo que reducir los
niveles de energía al mínimo y así poder volver.
La tripulación amerizó el 17 de abril de ese mismo
año. Los tres astronautas, Lovell, Swigert y Haise, regresaron sanos y salvos.
Roy termina de responder y nos sonríe. Mi familia le pide una foto y él accede
con simpatía y amabilidad.
***
El sol ya empieza a ocultarse detrás de los cohetes
exhibidos en el “Rocket Garden”, un espacio al aire libre donde nos llenan la
vista todas las naves que se usaron en las distintas misiones de la NASA.
Camino por el mismo puente que utilizó la
tripulación del Apolo 11 y me siento astronauta por un instante. Mi familia
intenta entrar en uno de los módulos espaciales hechos para tomarse una foto,
riendo del poco espacio disponible.
Al tomar la ruta para salir del Centro Espacial,
las plataformas de lanzamiento y la entrada al complejo se nos alejan,
distinguiéndose cada vez menos. La ciudad de Cabo Cañaveral vuelve a aparecer.
Quién diría que una pequeña y sencilla localidad, que no se distingue por tener
grandes edificios, ni importantes centros comerciales, aloja uno de los lugares
más simbólicos de Estados Unidos.