Fuego en la piel
Toda
marca tiene atrás una historia.
Esta
crónica recorre las cicatrices de Karina Abregú quien tiene más de la mitad de
su cuerpo quemado debido a que su ex pareja, Gustavo Albornoz, la prendió fuego
el 1 de enero de 2014.
por Victoria Fusco

Hacía
un año que Karina Abregú y Gustavo Javier Albornoz estaban juntos y alquilaban
un departamento cerca de la estación de San Antonio de Padua, al oeste del
conurbano bonaerense. Vivían con los dos hijos del primer matrimonio de ella.
Un sábado le avisaron que murió la abuela paterna de sus hijos. Flor y Lucas
eran chiquitos y querían ir a
despedirla. Lloraban a lágrima viva.
—No
vas a ir al velorio —le ordenó Albornoz, como ella lo llama actualmente.
—Yo
tengo que ir, tengo que llevar a los chicos —contestó decidida.
Esperó
a que su marido se durmiera, agarró unas pocas pertenencias y se escapó con sus
niños a las 03:00 de la madrugada. Cuando volvió a su domicilio, el domingo a
las 10 de la mañana, se encontró con toda su ropa, y la de los chicos, tirada
en la calle. La juntaron y subieron por las escaleras.
—A
ellos los encerró en una habitación y a mí me llevó a la que compartíamos
nosotros y ahí me mató a golpes —recuerda como si hubiese sido ayer.
Esa
fue la primera vez que Albornoz ejerció violencia física sobre ella.
***
Gustavo
era íntimo amigo de Carolina, una de las hermanas de Karina. Trabajaban los
tres en Intermedic Sudamericana S.R.L. Ella había entrado a trabajar ahí cuando
tenía 19 años.
En
esa época, ya era rebelde: a los 16 se había enamorado de un tano que le
llevaba 23 años. Una relación que sus padres no aceptaban. Pero a ella,
“chispita y divertida”, eso no le importó. Se mudaron a Corrientes. Sin
embargo, en esos tres años que estuvieron lejos de su familia, ella nunca dejó
de extrañar a su vieja. Por eso, decidió volver y se reencontraron en un largo
abrazo.
Con
el correr del tiempo, si bien la relación con el tano le dio dos hijos, se fue deteriorando. Aunque él no tomaba
alcohol -como sí lo hacía el padre de ella- era violento, celoso y le hacía
escenas cada vez que iba a la empresa.
—Albornoz
entró a trabajar donde trabajábamos Caro y yo. Después de dos años más o menos,
nos empezamos a relacionar. Yo en el medio me separo del papa de mis hijos. No
fue difícil la separación porque él estuvo y me pudo dar una mano. Él se separa
al poco tiempo que me separo yo y ahí empezamos la relación —reconstruye su
pasado desde el comedor de su casa en Merlo.
Karina
es de baja estatura, tiene ojos claros y el pelo rubio. Lleva una mirada
pacífica, firme, directa. Su voz es
suave y a la vez segura. Albornoz es cinco años menor que ella, su contextura
es mediana, su rostro tiene facciones cuadradas y sus ojos son oscuros. Los dos
alquilaron un departamento próximo a la estación de San Antonio de Padua. Con
el tiempo, construyeron una vivienda en Merlo.
—Nosotros
vivíamos una vida de reyes. Los veranos nos íbamos 10 días con los chicos a la
costa. Volvíamos de ahí, dejábamos a los chicos y nos íbamos nosotros dos, con
un familiar, con un primo de él o con Caro, a Salta —rememora.
Karina
asegura que nunca estuvo enamorada de él y que, de todas maneras, se quería
casar. En 2002, fue a sacar fecha de casamiento a escondidas de él. No quería
“ni fiesta, ni una carajo”. Cuando su pareja se enteró, pretendió ir a
anularlo. Ella lo convenció y finalmente fueron al civil. Pero primero se comió
una paliza de aquellas.
—Esa
noche que nos casamos, hicimos una comida para la familia. Fue otro despelote y
me cagó a palos de vuelta. Al otro día, hicimos una pequeña fiesta para los
familiares de él, pero ese sábado en la fiesta, no tomó ni nada.
No
lo hizo porque su suegra lo había denunciado por violencia, la noche anterior.
En varias ocasiones, luego de que él le pegara, ella volvía nuevamente al hogar
materno.
—Él
me iba a buscar, y siempre como todo hombre hace el laburo fino de que va a
cambiar, de que vuelva, de que nunca más me va a pegar. Pero no, eso nunca
pasó. Siguió, hasta que uno lo va naturalizando. Se te hace normal —explica con
crudeza.
Fueron
14 años de relación y 14 las denuncias realizadas en distintas comisarías. El
machismo se demuestra en la desidia de las instituciones policiales y
judiciales. Nueve denuncias en la 1° de Merlo, tres en la comisaría de la mujer
del mismo distrito y dos en la comisaría de la mujer en Martínez, porque la
violencia continuaba de su casa al trabajo en la localidad de Boulogne, al
norte del Gran Buenos Aires.
***
Los
maltratos, las agresiones y los golpes no menguaban. La violencia y el alcohol
siempre estuvieron presentes. Normales. Comunes. Naturales.
—En
esos 14 años que yo estuve con él, no sabíamos lo que era terminar una fiesta
en paz, porque todo era alcohol, todos se emborrachaban y todo terminaba en un
quilombo. No sabía lo que era pasar un cumpleaños en paz.
Desde
2009, sus hijos - en vez de salir los fines de semana como cualquier
adolescente - se quedaban para cuidar a su mamá. La convivencia siempre fue
turbulenta y desde su inicio, para poder sobrellevarla, Karina empezó con
terapias psicológicas y psiquiátricas. También deseó hacer terapia de pareja,
pero él nunca quiso.
“Te
vas a quedar sin casa y sin trabajo”, le decía de modo intimidatorio cuando, en
el 2013, ella le comunicó que se quería divorciar. Las amenazas se agravaron
aún más. Por ese motivo, ese año ella estuvo más complicada y tuvo que tomar
más calmantes para estar relajada.
***
“La ola de calor más extensa de la historia”,
tituló Página/12 una nota del 31 de diciembre de 2013. Por esos días, las
temperaturas alcanzaban los 40 grados de sensación térmica y Karina no tenía
ganas de celebrar el año nuevo. Ella solo anhelaba paz.
—Ya
había hablado con Albornoz y le dije: “yo no voy a festejar, así que hacé lo
que quieras. Lo único que te pido: yo quiero estar tranquila, si querés ir a
pasar las fiestas con tu familia, no hay problema, andá”. Al principio me dice
que sí, pero a las 19:00 llega con un montón de comida y me entero que viene
con su familia a pasar acá, a Merlo- —recuerda.
Le
agarró un altibajo tremendo. Se acuerda que su padre estaba en el patio, cerca
de la pileta que preparaban todos los veranos. Ella lloraba de la angustia. Su
hija, que estaba por ir a la casa de su novio, tuvo una mala sensación y por
eso le advirtió que si algo le llegaba a pasar a su madre, “iba a pagar todo
muy caro”. Esa tarde discutieron mucho.
Por
la noche, Karina tomó sus remedios, lució una blusa de seda y cenó con la
familia de su esposo. A la 01:00 de la madrugada se fue a recostar a su
habitación. Sin embargo, ella sabía que la velada iba a terminar como siempre.
—Yo
era la boluda que tenía que llevarlos a todos a sus casas, porque como todos
tomaban nadie podía manejar -se indigna.
A
las 05:30, él la va a buscar a su dormitorio para que lleve a sus familiares a
sus respectivos domicilios, en el barrio Libertad, a 15 cuadras de Merlo.
—Pero
como yo me negaba a levantarme, me sacó de los pelos de la cama, me desfiguró
la cara a trompadas, y así y todo fui a hacer dos viajes. Él fue de
acompañante. Más allá de lo que me había pasado - que era muy natural y común
el estar golpeada- dije no importa, cuando lleguemos a casa se va a dormir en
el asiento del auto - como siempre lo hacía-, después se va a levantar y va a
hacer de cuenta como que nunca pasó nada.
Regresaron.
Karina entró el auto al garaje, se bajó rápido y procuró adelantarse a
Albornoz. Pero en un descuido, él ya estaba frente a ella. Forcejearon en el
patio. La parrilla estaba cerca. Y allí, todos los accesorios que utilizaron
para hacer el fuego del asado que habían cenado.
Se
lo quería sacar de encima y dio un giro como para agarrar algo. En ese instante, sintió algo frío en su cuerpo.
—Qué
hijo de puta, pensé. Me tiro agua fría,
y cuando me doy vuelta ya siento el calor y era que me había prendido fuego.
Habrá durado todo unos segundos. Fueron dos o tres segundos en los que él me suelta, porque me tenía
agarrada del pelo, y corro y me tiro a la pileta, que estaba llena —describe la
madrugada más fatídica de su existencia.
El
alcohol tiene un intenso olor. Pero de los nervios que tenía, confiesa que no
lo pudo distinguir. Se tiró sola, él en ningún momento la ayudó. Se salvó por
sus propios medios.
Sobrevivió.
—Entro
al living, me saco la remera que tenía puesta, porque al ser de seda, eso hizo
que me chupe todo. Yo la peor parte la tengo en el pecho. Me arranqué la
remera, mojé una toalla, me envolví y le dije llevame al hospital porque me
estoy muriendo.
—Anda
a acostarte porque ya se te va a pasar, no te voy a llevar —le decía Albornoz,
que no la quería asistir.
Lo
convenció. La llevó al hospital Eva Perón de Merlo. Pero antes obligó a Karina
a llamar a su madre para que le diga que se había intentado suicidar. Jamás le
creyeron. Su hijo Lucas, que estaba en Tortuguitas, fue el primero en llegar.
Como en el Hospital de Quemados no había lugar, en cinco días la trasladaron al
Sanatorio Figueroa Paredes de Laferrere ya que por la gravedad de sus
quemaduras requería un lugar de alta complejidad.
El
55% de su cuerpo estaba quemado.
Como
ella trabajó 21 años en negro, la empresa gestionó una obra social que le
cubriera los seis meses de internación. Pero cuando le dieron el alta la
despidieron por teléfono. La echaron de su primer y único empleo.
—Hasta
una semana antes de que me den el alta,
me iban a visitar. Cuando llamo para reincorporarme, me dicen: “no podés venir
porque hay una perimetral entre vos y Albornoz”, debido a que mi ex trabajaba
conmigo.
Gustavo,
el primer mes, la iba a visitar y después la hermana habló con los médicos para
que le negaran la entrada. En febrero de 2014, la justicia allanó la vivienda
de Merlo y se llevaron a su ex esposo, quien solo estuvo detenido 33 días,
después de que la jueza Lucía Casabayo lo excarcelara. La familia Abregú
consiguió un abogado recién en abril de 2015, ya que por cuestiones económicas
no podían pagarlo. Alejandro Bois se puso al frente de la causa sin cobrarles
un peso.
Karina,
que denunció a su ex marido por irrumpir la perimetral más de 16 veces, se
reencontró con él a fines de abril de 2016, cuando comenzó el juicio en los
Tribunales de Morón. El acusado por intento de femicidio llegó en libertad.
—Verlo
a él nuevamente fue toparme otra vez con todos esos años de violencia, ver su
cara de hijo de puta ¿no? —señala con seguridad.
Por
fin, el 25 abril de 2016, luego de más de dos años de lucha, Gustavo Javier
Albornoz, fue condenado a 11 años de prisión inmediata por “intento de
femicidio” por el Tribunal en lo Criminal N° 1 de Morón.
—Albornoz
está detenido por toda la movilización durante el juicio, por todo el tiempo
que estuvimos en las redes sociales difundiendo el caso de Karina, gracias a
las mujeres y a las organizaciones —revela su hermana, Carolina Abregú, con la
garra que la caracteriza.
***
Desde
el 2014, con la ayuda de su hermana Carolina, Karina le puso el cuerpo a la
lucha. Se levantó de la cama; salió de la depresión; denunció las violencias
propias y ajenas, esas que se ejercen en todas las instituciones: judiciales,
sanitarias, gubernamentales y policiales. Porque se dio cuenta que esto no le
pasaba solo a ella, sino que a miles más.
Karina
convive con la violencia machista todos los días de su vida. Su piel está roída
por el fuego. Carcomida. Destruida. Las operaciones –que son más de 30- hacen
su efecto, pero las heridas aún duelen. Cinco años de operaciones
reconstructivas le quedan, todavía.
A
Gustavo solo le dieron 11 años de cárcel. La justicia y los medios no
consideran que sea un femicida, solo porque no la mató. Sin embargo, en los
seis meses de internación, ella nunca salió de terapia intensiva y peleó por su
vida hasta que pudo volver a nacer. Porque resistió, a pesar de la desesperanza
de los médicos.
—Hay
días en que no tenemos para comer. Nos mantenemos a mates, pero con la alegría
de saber que me voy a despertar y me voy a levantar viva. Hoy yo me voy a
dormir en paz, sabiendo que no duermo con el enemigo. Eso no se cambia por nada
—expresa con confianza.
Las pesadillas que tiene con Albornoz continúan. No quiso ser una
asesinada más que aparece en la tapa de los diarios. Se negó a morir. La
rebeldía, a flor de piel.