Cuatro armenios en argentina
por Camila
Luis
Ricardo

Dos
años después del ataque, seguían prisioneros en un refugio en Ereván, la
capital Armenia. Los refugios eran
galpones enormes, oscuros y húmedos donde los cautivos pasaban días enteros,
tratando de no morirse de hambre, sed o enfermedades infecciosas. Eran
hacinamientos.
—Una
tarde mi madre estaba cantando, mientras mi padre arreglaba la suela de uno de
sus zapatos. Yo era un pequeño muy inquieto y me gustaba ir a visitar a otras
familias del refugio. En la puerta, siempre había por lo menos un guardia,
custodiando que nadie saliera. Recuerdo que llevaban uniformes oscuros y nunca
los vi hacer una mueca. Cuando el guardia tenía que hacer cambio de turno,
salía, ponía un candado de hierro a la puerta y a los cinco minutos aparecía su
relevo para tomar el lugar. Era curioso que los oficiales nunca se cruzaran.
Había posibilidades de que algo saliera mal, como sucedió aquel día.
Ricardo
se queda en silencio algunos segundos, revolea los ojos, toma aire y continúa,
ante la mirada atenta de sus nietos.
—El guardia de turno fue llamado desde afuera a abandonar su puesto. El grito interrumpió
el canto de mi madre, que giró su cabeza hacia la puerta para observar el
movimiento que ya sabía de memoria. Justamente, por eso notó que algo diferente
pasaba: no habían puesto candado. La puerta se había cerrado pero no escuchó el
ruido del hierro atravesando la cerradura. Tiró del abrigo de mi padre y le
hizo una seña con la cabeza. Me agarraron en brazos y junto con tres familias
más empujaron la puerta. Sorpresivamente, esta se abrió y empezaron a correr
por el campo. Un general los vio e intentó detenerlos, pero no los alcanzó y lo
perdieron de vista.
Ankine
y Ararat estuvieron algo más de un año
recorriendo Armenia en busca de ayuda y escondiéndose del ejército turco.
Llegaron a la frontera con Azerbaiyan y allí se reunieron con un grupo de
muchos sobrevivientes que querían escapar. Consiguieron subirse a un barco sin
saber dónde llegarían.
El
destino fue Argentina.
—Vos
te vas a casar con una armenia, no tenés que deshonrar a la familia.
Esas
fueron las palabras que su mamá le dijo a Ricardo Der Torossian cuando apenas
tenía ocho años. Y las guardó como mandato.
—Nunca
se me ocurrió que me podía enamorar de alguien que no fuese de mi misma
cultura.
Ricardo
tiene unos ojos profundos como la noche, pelo blanco –poco- y múltiples
arrugas. Su espalda es curva y no mide más de un metro sesenta. Viste siempre
colores tierra y una camisa cuadrillé. Tiene algunas pequeñas verrugas en el
cuello. Una nariz prominente, como de cóndor. Lleva su alianza puesta, aunque
es viudo hace varios años. Su esposa, Ruth, era armenia, tal como su madre le
había mandado.
Le
tiemblan un poco las manos, pero su voz es firme y clara. Tiene tono de capitán
de ejército. Infla su pecho cada vez que habla y sus palabras son prudentes,
cuidadas.
—Los
armenios más que una raza somos un pueblo. Un pueblo marcado a sangre y
tragedia. Ser armenio es un orgullo, porque sabés que tus antepasados murieron,
defendiendo sus tierras y su fe -dice sentado en la cabecera de su larga mesa
de madera.
Sus
hijos y sus cinco nietos asienten con la cabeza. Todos los viernes la familia
completa se reúne para cenar en la vieja casa del barrio porteño de Villa
Devoto.
Al
lado de la mesa, hay un cartel escrito en armenio que dice: “El pueblo llora,
el pueblo camina”.
***
Agop
Agop
Bedrossian estaba tirado entre los cuerpos inmóviles que parecían bolsas de
basura apiladas. Mantenía los ojos cerrados y trataba de respirar lo más calmo
posible. La escena de lo sucedido se repetía en su mente una y otra vez: el ejército turco los había secuestrado y
llevado a la frontera con la promesa de liberarlos, pero lejos estaban de ser
libres. Era Junio de 1917.
Un
general había degollado a su mamá justo ante sus ojos y a él le habían golpeado
la cabeza con un palo. Lo creyeron muerto y lo tiraron a un pozo. Luego de un
tiempo, se animó a abrir los ojos: a su lado, estaba su hermano Rahib. Aunque
lo llamó varias veces, no contestó. Agop se mantuvo inmóvil, quién sabe por
cuánto tiempo. Aún escuchaba las voces de los turcos. Lo único que pudo hacer
fue orar. Oró a Dios, el Dios de sus padres, su Señor.
Después
de un tiempo, sintió sus piernas entumecidas y el olor a sangre comenzó a darle
náuseas. Empezó a tener calor, mucho. El humo que llegaba a su nariz le dio
tos. Aunque intentó evitarla, el ahogo era incontrolable. Los estaban
prendiendo fuego. El pozo, tapado por hojas y ramas, ardía.
Y
Agop oraba, mientras las lágrimas corrían por su cara.
Ya
estaba dispuesto a morir. “Al menos estaré con mi madre y mis hermanos en el
cielo”, pensaba. Sin embargo, el fuego se consumió antes de tocarlo.
Agop
vivía y su camino hacia Argentina recién empezaba. Muchas batallas, muchos
incendios y muchas oraciones iban a suceder antes de que un barco lleno de
sobrevivientes amarrara en Buenos Aires.
Su
casa, construida en 1920, se encuentra en pleno barrio porteño de Flores. El
portón que da a la calle es altísimo, hecho de madera, que ya está
resquebrajada por el paso del tiempo. Eduardo tiene ojos celestes, casi
transparentes. Su mirada es calma, igual que la cadencia de su caminar,
encorvado. Mide no más de un metro sesenta. Tiene poco pelo y le tiemblan las
manos. Su padre ya fallecido, Agop, tiene una historia digna de un libro de
ciencia ficción.
Eduardo
lleva con orgullo su apellido.
—Mis
padres eran muy sabios, se conocieron en Armenia y ambos venían escapando de la
matanza. Su historia de amor siempre me encantó. La pasaron realmente mal. Sin
embargo, nunca nos inculcaron el odio por los turcos. Cuando mi hermana o yo le
preguntábamos a mi papá sobre nuestros “enemigos”, él nos miraba, nos acariciaba la cara y como
para sus adentros, casi como susurrando repetía: ellos eran malos, hijos, eran
malos. Pero el mundo está lleno de gente mala.
***
Ara
La
iglesia Evángelica Armenia “Jesús esperanza para vos” se encuentra en la
Avenida Carabobo 743, Ciudad de Buenos Aires.
Es un edificio macizo de color gris oscuro y en la fachada tiene una
cruz de metal en lo alto. Un cartel turquesa contrasta con lo sobrio de la
construcción y una escalera introduce al lugar.
Por
dentro, es toda blanca. No es muy grande. Los bancos de madera se ubican uno
atrás del otro, formando dos filas que dan lugar a un pasillo central. Al
final, está el púlpito, donde todos los domingos a las 10 el pastor Ara
Mkhitaryan preside la reunión ante una
congregación de 700 miembros, aproximadamente.
—Nací el 1º
de febrero de 1976 en Ereván, la capital de Armenia, -se presenta Ara ante el
público-. Mis abuelos paternos y maternos eran de las ciudades de Mush y Sasún
que están actualmente en Turquía y me trasmitieron, no solamente el sueño de
poder un día caminar libremente por esas tierras, sino también atesorar los
valores culturales y espirituales.
Ara
es un hombre robusto y calvo. Lleva un traje prolijamente planchado y una
corbata color verde manzana, parecida al verde de sus ojos. Se sienta de lado,
como dándole mayor peso a una de sus caderas, y apoya su brazo derecho en su
pierna. Ara habla en español, aunque con un acento muy duro. Las “r” las
pronuncia de manera excesiva y le cambia los acentos a algunas palabras.
Llegó
de Armenia hace apenas cuatro años, vino para ordenarse como pastor.
—Hoy
los armenios que vivimos libres y lejos de nuestra tierra ¿luchamos para poder
seguir guardando la cultura y el idioma que heredamos de nuestros antepasados?
-se pregunta el pastor, y continúa-. Padres y madres armenios tenemos una
enorme responsabilidad de crear un ambiente representativo de nuestra identidad
para que nuestros hijos puedan valorar y aprender el idioma, la historia, la
música y el arte armenio, los cuales ocupan un lugar muy importante para
combatir la desaparición de la identidad y cultura armenia.
Romina
Romina
Magorian tiene 23 años. Es morocha aunque está teñida de pelirroja. Mide un
poco más de un metro setenta y es flaquísima. Tiene boca pequeña y se la pasa
sonriendo.
Vive
en Córdoba capital y pertenece a la comunidad armenia de Córdoba. Se congrega
en una iglesia armenia y todos los domingos se junta con su familia a degustar
los platos típicos de su pueblo que incluyen carne cruda, arroz, pan sin
levadura, niños envueltos (llamados sarmá), entre otros.
—Los
armenios nos movemos como cualquier otra persona de Argentina: estudiamos,
trabajamos, salimos, paseamos, hacemos deportes. No considero que haya ningún
tipo de discriminación hacia nosotros, pero sí mucha ignorancia. Hay gente que
ni sabe la historia de Armenia o que dice que el genocidio fue junto con el de
los judíos. Si bien Argentina le dio hogar a mucha gente de nuestra comunidad,
nunca hubo una educación acerca de lo que pasó.
Romina
es perito criminalística, egresada de la Universidad Nacional de Córdoba. Sus
padres ya son argentinos de nacimiento. Ella es nieta de armenios y tiene muy
presente los valores que sus abuelos le inculcaron.
—Supongo
que me casaré con un armenio, porque me muevo en ese círculo. No tengo muchos
amigos que no sean de descendencia armenia en realidad- reflexiona entre risas
mientras agarra su Biblia y la pone en el bolso con cuidado para no correrse el
esmalte de las uñas.
Es
sábado y hoy toca reunión de jóvenes.
El
24 de abril de 1915 comenzó el exilio y exterminio del pueblo armenio por parte
del gobierno turco en el Imperio Otomano. Los muertos fueron más de un millón.
Se calcula que existieron unos 26 campos de concentración para confinar a la
población armenia, situados cerca de las fronteras con Siria e Irak. Hasta el
día de la fecha, Turquía rechaza que las muertes acaecidas en 1915 fueran el
resultado de un plan organizado por el Estado para eliminar a la población
armenia, requisito para considerarlo un delito de genocidio. Afirma que el
Imperio otomano luchó en su territorio soberano, contra la sublevación de la
milicia armenia, respaldada por el gobierno ruso.
El
pueblo armenio se encuentra diseminado alrededor del mundo. Su insignia, la
flor “No me olvides”, representa los valores y deseos con los que ellos
conforman su identidad: recordar el pasado, mantenerse unidos como armenios,
agradecer a las naciones que les abrieron las puertas y vivir con una esperanza
puesta en la eternidad.
La tercer población de armenios en el mundo está en Argentina y
representa la mayor en toda Latinoamérica, según los datos del Centro Armenio
de Argentina. Entre ellos, están Ricardo, Agop, Ara y Romina. Son apenas
algunas historias entre las miles que quedan por contar.