El pibe de la enfermedad rara
“La
enfermedad es la injusticia en estado puro”, Ricardo Piglia.
Esta es una historia
rara. De un muchacho con enfermedad que afecta a 1 cada 600 mil adultos. Una
historia que se pregunta por las heridas. Esas que comienzan en el cuerpo. Pero
no se sabe dónde terminan.
por Leandro Alba

Está
en el segundo año de la carrera de Historia en la UBA. Milita en una de esas
agrupaciones trostkistas que se dividieron de otras y que, en unos meses,
seguramente volverán a hacerlo. Trabaja en un locutorio y, aunque a veces
lamenta no tener la suerte de sus compañeros que pasan largas horas en librerías
de Santa Fe o chamullando en la puerta de Filo, lo alegra haber dejado de hacer
repartos en bicicleta en la verdulería. Se siente un bicho raro adentro de ese
mundo repleto de princesas hippies y chicos bien de Caballito devenidos en
activistas de lo que sea.
Era
de los del fondo. Porque la universidad es así: están los de atrás y están los
tragas; esos que se hacen un lugar delante de todo. Levantan la mano hasta para
ir a mear. Participan. Leen. Y no faltan un solo día. Leandro, claramente, era de
los del fondo. De los que llegaban a la hora que el laburo los escupía.
−
¿Vamos adelante? − le dijo Natalia, una compañera con la que cursaba desde el
CBC.
Con
las manos se cubrió los ojos, apretó los párpados y se frotó insistentemente.
−
Se me parte la cabeza − rezongó.
−
Por eso, ahí vas a ver mejor el pizarrón.
−
Ni en pedo.
−
Desde que arrancó el cuatrimestre estás así.
Estamos en diciembre ¿Qué vas a hacer?
−
Voy a ir al médico. No doy más. Siento una pelota en la cabeza.
***
−
Como una pelota, el tamaño es importante. Más de lo que creíamos. ¿Me seguís?
Leandro
dibujó un sí con la cabeza. Apretó la lengua contra sus dientes y cerró los
labios. Buscó infundir seguridad. Por dentro, estallaba una carcajada cuando
recordaba la charla en la facultad. Una pelota.
El
tipo de blanco buscó complicidad con la madre. Con un pañuelo húmedo entre las
manos, cara de mal dormida y pelo descuidado, Zulma largó las primeras
lágrimas. Le siguieron otras gotas más gordas que le recorrieron los lunares y
se perdieron en sus prematuras arrugas. En otra situación, Leandro estaría
avergonzado. Ahora, los analgésicos, además de sacarle el intenso dolor, le
regalaban una sobredosis de paz.
Adolfo
parecía estar en otro sitio. Parecía que no estaba en un sanatorio, que no
estaba hablando con un neurocirujano, que no hacía dos meses meses que
recorrían todos los hospitales de Buenos Aires para encontrar un diagnóstico y
que su hijo no tenía un tumor en la cabeza.
A
pesar del salvaje febrero, se aferraba a una campera que alguna vez fue azul. A
la altura del pecho se podía leer una inscripción que cerraba con “S.A.”. Era
lo poco que le quedaba de la empresa que le había regalado su oficio de
papelero, la que le permitió mudarse dos o tres veces y que lo dejó subirse a
un coche con olor a nuevo. El mismo que debió vender cuando dejaron de pagarle y tuvo que hacerle
frente a la obra social del pibe.
− Una pelota de golf podría servir para ilustrar el
estado de…
Blanco.
Los dientes, la chaqueta, la luz que encandila, las paredes, el piso, los
guantes, las gasas, Blanco. Blanco. Blanco. El lugar olía a blanco. ¿A caso no
se sienten así todos los sanatorios? Fueron tantas las semanas que Leandro
recorrió lugares como ese en búsqueda de un diagnóstico, que podía cerrar los
ojos y describirlo a la perfección.
−
¿Hay que preocuparse, doctor?
Zulma
no había dejado de llorar. Sólo hizo una pausa para preguntar. Era muy
respetuosa. Llevaba la solemnidad de las telenovelas a cada parte. De su boca
nunca se escucharía un ¿qué carajo es? O algo así. Nunca mandaría a la mierda
al tipo de blanco por todas esas vueltas. Nunca.
−
Por la edad, tenemos que tomar muchas precauciones. A los 21 años el cráneo
termina de cerrarse y pueden aparecer algunas patologías que estaban
adormecidas.
Del
otro lado del mostrador el silencio era ensordecedor.
−
No descartamos la posibilidad de un cáncer.
Ahora
busca con los ojos a Leandro.
−
¿Comprendes?
Hace
tiempo que dejó la habitación. Quedó su cuerpo, sus padres, un tipo de
guardapolvo y un tumor como una pelota de golf: blanca.
***
Tenía
una culpa enorme. La que aparece cuando uno le pide guita a un amigo que no ve
hace años. Eso sintió antes de la operación, cuando la noche lo encontró
rezando. Los nervios lo sacudían de la cama. Había dormido unas pocas horas. Lo
buscaron en las primeras horas del día. Lo pasaron a otra camilla. El que
parecía ser el más entendido se puso atrás de su cabeza. El otro empujaba desde
los pies. Lo sacaron del cuarto y lo arrastraron por un estrecho pasillo, tan
mal iluminado como frío. Adolfo le tocó
la cabeza con los dedos, imitando una caricia. “Cuidate mitaí”, le susurró su
vieja con eco guaraní. Más atrás alcanzó a ver a su hermano con todas esas
caras que aparecían siempre en las fotos desde los primeros cumpleaños, los
primeros besos. Los del fondo.
***
−
Ahí llegó el cumpleañero − bromeó el tipo que estaba al lado del tubo de
oxígeno en la sala de operaciones.
Estaba
en bolas. Apenas lo cubría un camisón. Le pasaron una tabla por la espalda que
le sostenía el brazo izquierdo. Perdió la cuenta de las veces que lo pincharon.
−
Relajate − le recomendó el del tubo − y contá desde cien para atrás.
−
100, 99,98.
¿De
dónde mierda sale la música, pensó?
−
97,96, 95.
Era
clásica. Era un piano. Bach.
−
94, 93, 92.
Casi
desnudo, solo, sin saber si iba a abrir los ojos en dos horas, en ocho, o
simplemente si los iba a volver a abrir, se dijo que alguna vez iba a tocar el
piano. Después de todo esto, iba a tener tiempo de hundir sus dedos en cada
nota. De vivir. Sin grises. Blanca. Negra.
−
92, 91, 90.
Blanco,
negro, blanco, negro.
−
89…
Blanco.
Blanco. Blanco...
***
Se
pasó los dedos por la herida como un ciego que busca conocer. Recorrió cada uno
de los puntos de su cabeza. Eran muchos. Eran todos. La cicatriz comenzaba en
una oreja y terminaba en la otra. Lo divirtió pensar en una alcancía. Sonrió
solo frente al espejo. Sintió la cara tensa. El dolor se había ido. Ahora había
otros, más chiquitos. Pensó que las heridas empiezan en un punto. Pero ¿dónde
terminan?
***
−
His-tio-ci-to-sis de cé-lu-las Langheram− repitió el doctor insistiendo como un
alumno de primaria antes del examen. Es el diagnóstico final. Un tumor formado
por histiocitos.
−
¿Y qué tan malo es eso?— devolvió Leandro.
−
Es una Enfermedad Poco Frecuente. Pensá que una enfermedad rara ataca a una
cada dos mil personas. Y, la Histiocitosis, afecta a uno de cada 200 mil niños.
Y a un adulto cada 600 mil.
−
¿Qué carajo es doctor?- escupió Zulma.
−
La Histiocitosis estuvo catalogada como cáncer durante mucho tiempo. Pero es
una patología en particular. Lo que sucede es que el sistema inmune comienza a
atacarse a sí mismo, porque se desconoce. Entonces, la acumulación de estas
células, que son los histiocitos, produce tumores, eccemas, lesiones en las
articulaciones, trastornos respiratorios. Y en adultos es todavía más raro. Hay
pocos especialistas y trabajan con niños. Vas a tener que atenderte con ellos
de aquí en adelante. Es una enfermedad con la que vas a tener que convivir y de
la que tenemos mucho por aprender.
Leandro
recordó cuando en el jardín llevaba pantalones largos, porque las heridas no le
cicatrizaban más. Las alergias desmedidas. El silbido en el pecho al hablar que
aparecía en invierno.
−
Esto es como un viaje − continuó el médico −. Si vos me preguntas cómo ir a la
Costa, yo sé por dónde agarrar. Porque voy seguido. Conozco el estado de la
ruta. Los atajos. Los baches. Pero si me invitas a otro destino, al Sur por
ejemplo, no sé cómo llegar. Porque no voy nunca. Porque no sé cuáles son los
atajos o los baches.
−
¿O sea que soy una ruta hecha mierda?
−
Yo diría más bien que tenes que hacer tu camino. Al menos sabemos cuál es el
punto de partida. Esa es tu historia.
***
Le
costó encontrar el consultorio. “Anda con tiempo, el Hospital Ramos Mejía es un
mundo”, le había aconsejado Ana María Rodríguez. Era la presidenta de la
Asociación Argentina de Histiocitosis. La había conocido mediante otra paciente
que un día llegó al negocio de su madre y le dejó un volante “Estamos haciendo
un bingo para conseguir fondos, es para una organización que busca conocer más
sobre las enfermedades poco frecuentes”, le dijo. ¿Cuántas son las
posibilidades de que suceda algo así? ¿1 en 600 mil? Pero pasó. Como cuando los
jugadores de golf meten una pelota de un tiro en quinientos metros. Sucede.
−
Hola, vengo por un chequeo.
−
Debe haber un error − Y de mala manera, la practicante, con atractivo tono
colombiano, le señaló un cartel que decía “Dermatología infantil”.
Ahora
vendría la rutina de siempre. Explicar su diagnóstico. Deletrearlo una, dos o
más veces. Ver la cara de preocupación de su interlocutor. Pero esta vez fue más escueto.
−
Vengo de parte de María Teresa. Habló con la doctora.
−
¿Vos venís de parte de la
Asociación? Disculpame. Pasa por alguna
de las camillas.
Eligió
la del fondo, por supuesto. Las camillas eran perfectas para un niño de seis
años. Se sentó en una. Le sobraban manos y piernas a cada lado.
Mientras
esperaba a la doctora, que llegaría en unos minutos para decirle que iba a
tener que convivir con la piel hecha mierda porque es la primera barrera de su
castigado sistema inmunológico, Leandro se dejó llevar por una conversación que
se filtraba por la puerta entreabierta de uno de los consultorios.
−
¿Y esa?
−
Espera a la doctora.
-¿La
de pelo largo? ¿No es una piba? Además, tiene veintipico, no puede estar acá.
−
Viene de la asociación
−
…
− Es el pibe de la enfermedad rara.