La vida después de vivir
por Mariana
Buonomo

Apenas
se cruza la puerta, hay una sala enorme con un mostrador a la izquierda y
varios sillones. Avanzando un poco más, se puede llegar al comedor que tiene
una mesa larga en el centro y varias alrededor. En ellas se encuentran tazas,
bizcochitos y personas.
Es
la hora de la merienda. Los mate cocidos humeantes, el canal Volver a todo
volumen y el hermoso jardín lleno de flores detrás de un ventanal, son
observados por miradas lejanas.
En
un extremo de la mesa principal se encuentra María Eugenia, de 80 años, que
devuelve la sonrisa apenas la miran. Cuenta que sabe tejer pero que ya no lo
hace. En una mesita individual está sentada Marta, que más de una vez se tomó
las pastillas de la semana en un solo día. Más allá, a una mujer de 90 años no
se le puede ver la expresión de tan encorvada que está.
—
Hay Alzheimer, deterioro cognitivo, demencia. Viven sentados alrededor de la
mesa. La televisión lo único que hace es ruido, nadie mira las películas-
cuenta Malena Huergo, una psicóloga recibida de la UBA de 80 años.
No
trabaja allí, ni tampoco es de PAMI. Regordeta, nariz aguileña y mirada
inquisidora, vive allí por voluntad propia ya que no tiene casa. Para el dolor
de cabeza de algunas mucamas, su mente va más rápido que su cuerpo y su lengua
también, ya que ante cualquier irregularidad que observa, se encarga que el
dueño lo sepa.
—
Este mundo que se vive acá no es el mundo que se vive afuera. Estás obligado a
convivir con gente que nunca en tu vida viste y que no tenes ningún tipo de
relación. Se corta la relación con el mundo exterior.
Malena
no anda con rodeos, tampoco quiere dar lástima, cuenta los hechos como son; tal
es así que invita a hacer un recorrido por todo el lugar para demostrar lo que
sostiene.
***
En
los demás pisos se repite la misma disposición que en la planta baja con la
diferencia de que no hay cocina. No hay un solo gramo de polvo, las estufas
están al máximo y no hay olor más que el de las empanadas que están cocinando
para la cena. Y la imagen es la misma: viejos sentados, tazas humeantes, el
volumen fuerte de la novela y la encargada del piso, yendo y viniendo.
En
el tercer piso, un anciano se dirige lento pero decidido al carrito de la
comida, agarra un pan y lo coloca debajo de su brazo. De forma inmediata, la
mucama, así es como las llaman a las cuidadoras, se lo saca.
— Vicente, ¿Qué te dije antes? Portate bien. No
lo hagas más- replica la chica de unos 30 años
A
continuación le da una palmada en la cola y le dice con una sonrisa pintada que
se siente.
Vicente
obedece. Se sienta. Quién iba a pensar que volvería a ser un niño otra vez.
Malena,
quien vio la situación, no puede contenerse.
—
Vos ves algo que después no podes decir: el maltrato, después las mucamas lo
niegan. Yo lo digo porque no tengo miedo. Los demás sí tienen miedo.
Y
entonces, nadie replica.
Las
mucamas tienen entre 25 y 40 años, llevan un ambo celeste y recorren los pasillos
como si el tiempo las corriera. Por piso hay cincuenta ancianos y dos
cuidadoras para bañar, cambiar, medicar y atender ante cualquier dificultad a
cada abuelo. Además se encargan de la limpieza del lugar. Por la noche hay 3
mucamas para los 110 abuelos y dos
cocineras para toda la población.
Alejandra,
una de las cuidadoras, se encuentra en una habitación minúscula del tercer piso
acomodando de forma mecánica los medicamentos. Cajas infinitas de diferentes
colores y tamaños. Con ojos extenuados, ojeras marcadas y piel pálida.
— Esto es como un depósito, vienen, pagan, los
dejan y si te he visto no me acuerdo. Tenemos un familiar X que debía casi
cinco mil pesos de dinero en pañales de la madre- cuenta.
***
Las
habitaciones están repartidas en el segundo, tercer y cuarto piso. En cada una
de ellas pueden dormir dos, tres o cuatro personas. Malena comparte el cuarto
con tres compañeras más. En el respaldo de cada cama, está pegado el nombre de
la cuidadora a cargo. Hay mesitas de luz dispuestas a cada lado, un armario,
una estufa, una ventana.
—En
la mesita no podes tener nada. Hay robos a la noche por parte del personal. Si
vos tenes un shampoo y se quieren lavar la cabeza, pispean a ver quién tiene.
Si total todos toman pastillas para dormir;
el sueño es muy profundo entre las ocho de la noche y las cinco de la
mañana.
Allí
el tiempo y el espacio son esclavos del orden. A las siete de la mañana, las
duchas de los baños se accionan. De 8 a 9, las mesas se llenan de tazas y
panes. A las 11:30, la comida es servida. De 13 a 15, las camas cargan con la
siesta. Luego comienza la merienda en los respectivos comedores hasta las 19,
momento de la cena. Las mucamas empiezan a colocar los vasos y platos en las
mesas a los apurones, el horario de visitas está a punto de culminar. A las 20
en punto, el silencio reina, las habitaciones se atestan de ronquidos. Los
cuerpos obedecen. Y así todos los días.
***
Sentada
en un sillón mullido de un café ubicado en un supermercado de Villa Tesei,
espera Dolores. Mujer de pocas palabras y algo atareada, no esconde sus elogios
a su amiga.
—
Malena me insistió para que haga el curso de asistente terapéutico. Tiene mucha
energía.
Dolores
cuenta que hizo las prácticas en un asilo público de Capital Federal en donde
hay un cuidador cada cincuenta personas. Coincide con Malena sobre algunos
problemas que se dan no solo en este asilo, sino también en general.
— Los
abuelos se deprimen, hay muchos problemas psiquiátricos, se empiezan a aislar,
lo bueno sería que el adulto mayor esté bien acompañado.
Al
final de la charla, no dudó en extender su invitación a un taller que se dará
la semana próxima en el asilo público. Quedó en avisar.
***
Y
el taller fue la excusa.
El
hogar abierto para adultos mayores ubicado en Capital Federal tiene la
particularidad de que las personas pueden entrar y salir, aunque muchos no
tienen dónde ir. El gigante de cemento está rodeado de un muro y la entrada
está flanqueada por enormes rejas. Un perfecto laberinto es aquel lugar, con
ventanales y techos altos, paredes blancas y celestes con humedad y sin
muebles. Si bien hay pasillos ventilados, el olor a pis tapa cualquier perfume francés.
Es
imposible recorrer aquel lugar en un día, a menos que te guíe Dolores.
—
Vamos, hace como si nada- apremia.
No hizo falta la cara de póker.
Ni a la entrada ni a la salida del lugar se pide identificación, ni se pregunta
a quién se va a visitar. Cualquier persona, tanto de adentro como de afuera
puede manejarse a su antojo. Tampoco los viejos preguntaron. Ni la señora de
ojos profundos con vestido, medias bajas y chancletas que sonríe al pasar, ni
la otra que va de una punta a la otra del corredor, ni el hombre sentado en un
sillón viejo y raído, ni el personal con ambo celeste, ni los de limpieza que
cargan grandes baldes con fuerte olor a desinfectante. Nadie.
A
medida que uno avanza, encuentra alternados pasillos iluminados y oscuros. En
algunos, las paredes son blancas y en otros de puro cemento. Puertas de madera,
de hierro, rotas, sanas. Puertas y más puertas por doquier. Pero hay algo que
se mantiene siempre igual: el olor.
— En algunos casos colocan doble pañal al adulto mayor
para no estar cambiándolos constantemente. En verano es peor.
A
diferencia del geriátrico en el que está Malena, allí se convive con el olor a
pis. Sin embargo, el abandono por parte del personal hacia algunas personas es
el mismo.
Las
mesas esparcidas, sillas de hierro livianas, de esas que uno deja para la mesa
de la cocina, hombres y mujeres desayunando en bata, con chancletas y algo
despeinados, se encuentran en uno de los comedores. Es monumental. Allí podría
abastecerse a un ejército entero.
Una
señora de 65 años y de expresión huraña está comiendo de forma parsimoniosa.
Los párpados le pesan. No mira a nadie. Cuando habla, se le escapa alguna miga
de la boca pero no se inmuta. De movimientos cansinos, alguna vez ejerció la
medicina. Hoy está aquí, con su bata torcida, las uñas largas y sin mirar a
nadie.
Cerca
de una escalera hay una mujer en silla de ruedas, muy arrugada y con ceño
fruncido, no puede con su alma pero eso no le impide pedir cigarrillos a
cualquiera que pase.
— Soy cantante.
Agarra
el cigarro con manos temblorosas, logra encenderlo, aspira con profundidad. Con
voz lastimosa, comienza a entonar un tango.
— Fumando espero al hombre a quien yo quiero…
Sigue
con su canto aunque por momentos no se entiende. Se va perdiendo su voz. No
devuelve la sonrisa.
Allí
sigue. Esperando a su amor, esperando cigarrillos.
***
Malena
va seguido al bar que tiene enfrente a leer el diario, visita a amigos, sale a
comprar. Pero como toda persona inquieta, eso no le alcanza.
— El miércoles que viene tengo entrevista con
el secretario académico del seminario de Devoto, me voy a ir a cursar
filosofía, antropología, o lo que se les cante a ellos. Lo llamé al decano. Fui
hasta allá, hable con uno para cursar materias como oyente. Siempre traté de
incorporar nuevos conocimientos.
Además,
ya está buscando otro geriátrico por su cuenta porque se hartó del que está.
En
el hogar abierto, se encuentra Angelina, mujer de estatura media, labios
prominentes y algo provocativos con su bijouterie y ropa ajustada. Vivió la
violencia por parte de su marido y sus hijos. No aguantó y se fue a vivir a la
calle hasta que una asistente social la ayudó para que entrara al hogar. Ahora
está de novia con “el chapa” del tercer piso con quien todos los domingos
comparte un almuerzo en la casa de los hijos de él.
—
Ahora estamos buscando una habitación en matrimonios para estar juntos.
Como en muchos casos clínicos, como en muchas reglas ortográficas, como
en muchas historias, siempre hay excepciones. En un hogar o geriátrico, privado
o público, hay vidas esperando la muerte pero también hay vidas que no se
detienen, que aman, que tienen proyectos, aun sabiendo que pueden morir mañana.