Con las marcas de Auschwitz



 



La constante superación de obstáculos es moneda corriente en la vida de Lea Novera, quien a los 91 y luego de vivir en carne propia la etapa más negra de la historia de la humanidad, decide relatar sus experiencias dentro de uno de los campos de concentración más famosos: Auschwitz. Un pasado para recordar, una historia que no debe quedar atrás.

Por Santiago Menu


Suena el teléfono, despintado y viejo. Uno de esos primeros inalámbricos que llegaron a nuestro país. Lo atiende ella.  Como puede, sin ver demasiado, con casi medio ojo a ciegas. Es una amiga.
 No puedo contestarte ahora, estoy con gente se vuelve a sentar.
 Al instante el maldito aparato vuelve a chillar. Es otra amiga. Se para y camina como puede a atenderlo.
—  Quédate tranquila, al paso que vas llegas a los 120 años  le dice y corta. Sonríe y se sienta.
Tiene 91 años, como yo, pero esta lúcida como nadie- me dice y se señala la cabeza. -Es compañera mía del taller literario para sobrevivientes, hace 15 años que estoy ahí, me sirvió para liberar una mochila muy pesada que tenía encima.
                                                                                              ***
Son las 4 de la tarde de un domingo de Junio. El frio y la niebla inundan la Ciudad de Buenos Aires. Los enormes edificios y el Hipódromo de Palermo apenas se vislumbran a lo lejos. La ancha avenida del Libertador parece desierta, como si nada pasara por allí, como si el tiempo hubiese borrado lo que alguna vez ocurrió. Sin embargo, en el piso cuarto del Edificio Padok, hace más de 60 años, eligió pasar sus días una mujer de 91 años, quien se mantiene como la representación viva de uno de los capítulos más oscuros de la historia de la humanidad. 
Oficialmente ella es Lea Zajac aunque llegó al país con el nombre de Lea Novera, con el miedo de ser descubierta. Nació en un pequeño pueblo de Polonia, a 50 km de distancia de la capital de la provincia, Białystok, y ya desde niña sufrió las consecuencias del régimen nazi. Hoy, ya mas encorvada, con algunas arrugas, casi ciega y con una pierna a maltraer, aunque con una memoria prodigiosa y con la esperanza de un mundo más justo, recuerda esos trágicos momentos como “peldaños del infierno” en su tormentosa vida.
Un día nos dijeron que nos trasladaban a otro lugar y que no lleváramos cosas grandes. Vinieron a la madrugada, nos sacaron de las camas con lo puesto y nos arrastraron a todos a la plaza. Había entre ocho y diez personas allí y lo primero que hicieron en presencia nuestra fue ametrallarlos a todos ellos.
Afuera la neblina se tornaba cada vez más oscura. Adentro, mi semblante titubeaba cada vez más. Podía ver la sangre derramada, podía oler el aroma a pólvora y podía sentir su sufrimiento, un sufrimiento que sería eterno.
Con solo 15 años, Lea empezó a comprender  del horror del que iba a formar parte a partir de ese 22 de Junio de 1941 a las 16 hs, cuando por primera vez sería enviada a un campo de concentración. Sus sueños, sus metas y sus aspiraciones iban a quedar de lado, así como su vida.  
Desde 1933 los nazis establecieron los primeros campos que se convertirían en parte de una amplia red de campos de concentración y trabajo. Allí, judíos, gitanos, negros, comunistas y homosexuales fueron sometidos a toda clase de maltratos, trabajos forzados, experimentos científicos y exterminio masivo. Alrededor de quince mil campos de concentración se establecieron en Europa durante la Segunda Guerra Mundial y en ellos murieron más de diez millones de personas.
  Di vuelta la cabeza y vi mi casa, miré la ventana, mi rinconcito donde yo hacia los deberes, vi mis libros. Las florcitas que yo cultivaba debajo de la ventana lloraban junto conmigo, estaban llenas de rocío.
 El aire se empieza a poner espeso. El reloj de la cocina empieza a sonar cada vez más bajo. El viento frena su marcha. No vuela absolutamente nada en su departamento. Lo único que se desprende es una pequeña gota, su primera lágrima.  
Así los veo hasta hoy en día concluye Lea entonando más firme que nunca su inconfundible tonada polaca.
***
De repente se para. El largo pero no menos elegante vestido que tapa sus piernas se enreda en sus zapatos, pero continúa. A paso lento y cansino llega a un mueble viejo, lo abre y saca un frasco trasparente lleno de bolitas de chocolates, su debilidad. Al volver se mira en el espejo. Se retoca el pelo, se arregla los aretes y me entrega el frasco.     
Agarro dos, uno para vos también le digo, pero se niega. El dolor de muelas la tiene afectada.
-Pase hambre por más de 4 años, puedo aguantar- y sonríe.
 El humor y el horror se combinan en mi cabeza. La incomodidad se transforma en pequeñas gotas de sudor que van apareciendo en mi frente y brazos. No sabía verdaderamente como actuar. Y antes de esgrimir una falsa sonrisa, su voz retorna para salvarme.
Cuando llegué a la Argentina lo que más me sorprendió fue ver a la gente tirando pan. Yo sufrí el hambre, pero el hambre que únicamente lo puede saber el que lo vivió, el hambre de cuatro años, el hambre que te consume y se vuelve a sentar.
Sin dudas, uno de los “peldaños del infierno”, como ella define a los momentos más sórdidos de su vida, fue la llegada a Auschwitz en Enero de 1943. Localizado a unos 70 kilómetros de Cracovia, constituyó el principal centro de exterminio de la historia en el que murieron asesinadas más de un millón de personas. Al atravesar la puerta de entrada, los recién llegados se encontraban con la enorme inscripción "Arbeit macht frei" (el trabajo hace libre), algo que hacía pensar a los prisioneros que en algún momento iban a lograr salir del campo, aunque esto estuvo lejos de ocurrir.
***
A pesar de todo el dolor y el sufrimiento, Lea sabe que tuvo suerte. Por algún motivo especial la vida le hizo un guiño. Sabe que en gran medida su supervivencia dependió de una persona. No era cualquier persona. Lea sabe que su madre la salvó.
Cuando llegamos a Auschwitz, los nazis separaron rápidamente a todas las personas. Los ancianos, niños y madres con chicos fueron a la izquierda. Mi mamá con todas mis tías y sus chiquitos ya estaban arriba del camión y mi hermanita y yo íbamos a subir también, pero dejábamos pasar a algunas personas antes. De repente mi mamá desde arriba me pega un grito: “LEA CORRÉ”. A lo lejos se dio cuenta que a mi tía la habían seleccionado en otro grupo más chico, y se le ocurrió que aquel grupo tenía más probabilidades de sobrevivir.
La madre de Lea tenía razón. Corrió los más rápido que pudo y se escabulló. Nadie la reconoció. Su hermanita no tuvo la misma suerte. Fue divisada, apaleada y tirada al camión junto con su madre. Fue la última vez que las vio. Fue la última imagen que tuvo de su familia. Media hora después se convirtieron en solo un poco de ceniza.
¿Cómo te sentís hoy recordando ese momento?
Hasta hoy en día, incluso conversando con psiquiatras, llevo encima el sentimiento de culpa porque yo no fui a morir junto a ellas. Yo corrí, no pensé en ese momento. Supongo que es el instinto de conservación.
***
El aire vuelve a ponerse espeso. El reloj de la cocina prácticamente se silenció. No corre siquiera una pequeña brisa.  No vuela absolutamente nada en su departamento. Esta vez es a mí a quien se me desprende una pequeña lágrima. Como si estuviera allí. Como si el que hubiera sufrido todas esas peripecias haya sido yo. O más aun, no creyendo que todas esas atrocidades hayan sido posibles de suceder.  
Una de sus últimas trágicas aventuras fue, paradójicamente, su tan ansiada liberación en Abril de 1945. En un mundo devastado por la guerra, Lea Zajac ya no era nadie. No tenía lugar a dónde ir, ni personas a las cuáles acudir. Lo había perdido todo, o más bien, le habían quitado todo. Solo eran ella, su tía que también logró sobrevivir, y un enorme sentimiento de soledad, de vacío, de angustia.
¿Qué sentiste cuando por fin fuiste liberada?
Fue uno de los días más desdichados de mi vida. Nos miramos con mi tía y dijimos: ¿y ahora qué? Nos quedamos solas en el mundo sin nadie ni nada. Nos mataron a toda la familia. Nos metimos en una casa, me mire en un espejo y ya no sabía quién era.
Con una pierna enferma, mal alimentada y el recuerdo de todos esos años infames, Lea decidió probar suerte del otro lado del mundo e instalarse en la Argentina en la década del 50. Viajó por más de tres meses en un barco que reunía judíos sobrevivientes de los campos de exterminio y refugiados nazis. El gobierno peronista permitió el ingreso al país de estos últimos, mientras que Lea y sus compañeros tuvieron que desembarcar en Montevideo y arreglárselas para cruzar “el charco”.
 Ya en nuestras tierras  se casó con otro sobreviviente del régimen nazi, tuvieron dos hijos y trató de vivir una vida normal sin olvidarse jamás de su pasado. Hoy pasa sus ratos en la organización “Generaciones de la SHOA” que tiene como fin trasmitir aquellas vivencias en la voz de las pocas personas que aun la pueden contar.
Estas experiencias se transforman en cercanas para Daniela Steinman, joven de 30 años, quien participó de los encuentros con sobrevivientes organizado por “Generaciones de la Shoa”, y se reconoce como “la perpetuadora de la historia en el momento en que los sobrevivientes ya no puedan contarla” y asume el compromiso de “reemplazar dentro de lo irremplazable su presencia”.
¿Que rescatas de esos encuentros?
Lo interesante del proyecto es que propone algo distinto a leer un libro o mirar un video, la gracia es que haya una persona que pueda hablar de una persona. Cada historia es un mundo, y desde ese lugar yo te puedo contar una cosa y otro te puede contar otra, pero lo interesante es que yo te puedo contar las caras que ponía o como se expresaba, o lo que le gustaba saber de mi, y eso no se va a poder ver en ninguna parte.
Son las 8 de la noche. El teléfono, ese despintado y viejo que no paraba ni un segundo,  ya no suena más. El único motivo por el cual se para es para despedirme. Como puede, sin verme demasiado, con casi medio ojo a ciegas. Me ofrece otra bolita de chocolate y me marcho. Ya es hora de dormir. Soñará con entrar a la escuela secundaria. Soñará con estudiar su gran pasión, la historia. Memoria no le falta. Soñará con levantarse y encontrar a su esposo, ese que hace un tiempo se fue. O simplemente soñará y deseará que nada de todo esto se vuelva a repetir. 

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