El silencio de la vinchuca


(Año IX Número IX - 2009)


La realidad del Mal de Chagas arroja datos alarmantes: es uno de los problemas de salud pública más críticos de toda América Latina, en donde es la principal causa de muerte cardiovascular. Argentina ocupa el tercer puesto en el mundo con presencia de la enfermedad.

Por Gabriela Telesca

El Mal de Chagas en la Argentina es una víctima más de las grandes contradicciones que emanan del aparato estatal: por un lado, desde la misma Dirección Nacional de Vectores del Ministerio de Salud de la Nación admiten que hace tres años dejaron de manejar cifras oficiales respecto de esta epidemia. Por lo tanto, mientras el Estado afirma la desinformación que rodea a la enfermedad, también confirma que hace un tiempo detuvieron la lucha contra este mal. Si bien hoy no hay datos fehacientes del virus que trasmite la vinchuca, lo cierto es que por cada caso confirmado, existen unas veinte personas sin diagnosticar. Las cifras que en este momento tiene el gobierno datan del año 1993, cuando sí se llevaba un control en todas las provincias, a través de los hombres que ingresaban al servicio militar. No obstante, teníamos y tenemos 2,3 millones de infectados. ¿Hasta cuándo se repetirá esta cifra que viene congelando las acciones necesarias para el tratamiento de este problema sanitario? Un ejemplo: el ministro de Salud de la provincia de Santiago del Estero reveló que en su provincia existen 400 mil infectados, es decir, la mitad de sus habitantes, aunque luego trató de corregirse al sostener que sólo el 15 por ciento de la población santiagueña tiene Chagas.

Aquí estamos, ante una realidad más que compleja. En el último Congreso Internacional de Chagas realizado en aquella provincia en noviembre de 2009, una investigación señaló el avance de la vinchuca por otras zonas que antes eran de bajas temperaturas. Es decir que, debido al cambio climático, este insecto no tiene un solo ciclo de vida en el año sino dos. Además, como consecuencia de las altas temperaturas que atraviesan provincias no caracterizadas por tiempos cálidos, el vector se convirtió en más hematófago: el trasmisor del Chagas se alimenta de más cantidad de sangre y, por ende, se vuelve más peligroso como transmisor. La situación se agrava debido a que no existen controles para detener la enfermedad a tiempo. Tal es así que desde el 2007 existe una ley que espera ser aprobada por el Congreso, que obligaría a realizar chequeos a las embarazadas y sería útil a la hora de la prevención y para llevar un control de los casos. No obstante, la sanción de esta normativa se encuentra silenciada, al igual que la epidemia en cuestión.

Expansión 

Ante este panorama, el Mal de Chagas se encuentra no sólo en el norte del país y ya no afecta a los más pobres, sino que alcanzó a Buenos Aires, con un gran aumento de casos durante los últimos años, y se extiende hasta la provincia de Río Negro. La epidemia ya afecta a 19 de las 24 jurisdicciones de la Argentina.
No obstante, existen enfermedades que ocuparon mayor atención en las campañas públicas y en la pantalla televisiva, como el dengue o la gripe A. Lo que resulta extraño es por qué el Chagas sigue en expansión: en el centenario de su descubrimiento, aún no existen medidas concretas para erradicar a la vinchuca. Si se hace un repaso, se puede encontrar el lanzamiento del Programa Federal de Chagas en 2006, cuyo proyecto prometía reducir en un año la cantidad de provincias de riesgo a la mitad. Pero esto no sucedió. Así como el mosquito es el trasmisor del dengue y trasporta la enfermedad cuando pica a una persona infectada, la vinchuca se convierte en un peligroso vector del Chagas cuando adquiere el Tripanozoma Cruzi (nombre científico del insecto). ¿Por qué? No se entiende la falta de interés para solucionar este mal.

Por este motivo, para conocer la dimensión de este problema a nivel nacional, ya no se puede recurrir a la información oficial. Como sostiene la presidenta de la Asociación de Lucha contra el Chagas (ALCHA), Catalina Antico Penna, “las cifras son mentirosas porque en el año 1981, con 24 millones de habitantes, las cifras daban 2 millones y medio o 3 millones de infectados, y hoy, que somos más de 40 millones de habitantes, y se sigue con el mismo número”. Por ello, desde las investigaciones propias realizadas por la entidad, manejan una cifra de 6 millones.

Silencioso como quisieron que sea, este mal cada semana se lleva diez vidas a lo largo y ancho del país. Mientras tanto, un paciente de ALCHA, Lorenzo Chazarreta, quien contrajo la enfermedad a los 18 años e hizo un tratamiento de dos años en esta entidad de Buenos Aires, hoy ya no puede atenderse porque esta asociación tuvo que cerrar sus puertas por desatención estatal. Este testimonio se suma a otros tantos que afectados que padecen Chagas desde niños o adolescentes, y que nunca recibieron un adecuado control médico.

Con este ejemplo se percibe cómo ciertos gobiernos no apoyaron a organizaciones como ALCHA, que luchan contra este flagelo y atienden a los pacientes, muchas veces de forma gratuita. Si se hicieron cargo por tanto tiempo de servicios que competen al aparato estatal, estas asociaciones deberían tener un mayor reconocimiento. Simplemente porque algunos pacientes de esta asociación consultados, buscaron ayuda en los hospitales públicos y, en muchas oportunidades, volvieron con las manos vacías.

Desinformación y desatención

Desde los distintos ámbitos del aparato estatal se ha considerado al Mal de Chagas como un mal silenciado. Alicia, empleada de la Casa de la provincia del Chaco, tiene a sus padres chagásicos y reconoce que la zona donde ella se crió es “totalmente endémica”. El tema allí es que las viviendas son de adobe y con grietas y, si no pintan seguido con cal, se genera el hábitat propicio para la proliferación del insecto.
Por un lado, existen portadores del microbio que no presentan síntomas, y que a veces no se enteran de que están infectados. Es el caso de los papás de Alicia, quienes se enteraron de la noticia por análisis de sangre. Hoy viven en Buenos Aires y reconocen que en la provincia hay más casos que años anteriores, por la leña que traen desde el norte, y que traslada a la vinchuca, al igual que en los equipajes y micros. Así, la mayoría de los habitantes de las regiones norteñas no tienen miedo a la enfermedad ya que, de alguna manera, hace tiempo se resignaron a convivir con la vinchuca. Esta “naturalización” aumenta cuando se avista el desentendimiento de los actores sociales.

Como sostiene Rubén Storino, cardiólogo especialista en Mal de Chagas de la Fundación Favaloro, la responsabilidad viene tanto del Estado, que monopoliza las decisiones y acciones en base a sus propias cifras oficiales, como de los investigadores y médicos, por no renovar becas e interesarse por este mal. Además, agrega Storino, la industria farmacéutica tiene su aporte, ya que al no ser ésta una enfermedad rentable, no se interesa por mejorar la salud de millones de personas. En este escenario, gran parte de la sociedad es indiferente ante esta epidemia, en parte porque los medios de comunicación ausentan este flagelo entre sus noticias y contribuyen a su silenciamiento. Si estos actores sociales mencionados le dieran a esta enfermedad la importancia que merece, podría percibirse que se trata de un mal evitable y que se puede tratar y prevenir.

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