El alma que muere de a poco

por Candelaria Guedas

No hay madera ni cemento, tampoco durlock. Chapa y cartón son los materiales con los que se construyó la casa ubicada en el barrio San Alberto en la localidad de Ituzaingó. Por fuera es chica y colorida, por dentro demasiado pequeña y apagada. Una ventana verde decorada con grullas de color amarillo le dan vida a ese hogar donde viven Graciela y sus cuatro hijos: Abigail, Priscila, Ángeles y Bautista.


En la noche, el viento sopla fuerte y la ventana está entreabierta. El comedor es el lugar donde más tiempo pasan en familia y el único en el que todos entran sentados. Hay retratos y dibujos pegados en sus cuatro paredes. Es una rutina mirar por la ventana que da a la canchita de fútbol del barrio o cenar observando fijamente las fotos colgadas con chinches sobre la chapa. Graciela coloca yerba en un mate tamaño miniatura. Acomoda la bombilla y deja caer el agua caliente. A veces cena y otras veces solo ceba.

—De mi vieja no sé nada hace tiempo ya, habrán pasado seis años desde la última vez que nos vimos. Yo la quiero pero no puedo perdonarla.

La madre de Graciela empezó a sangrar de los pies y de las manos. Como los médicos no le brindaban un diagnóstico certero, acudió a Juan, el padre de la parroquia a la que asistía, quien le dijo que tenía “los estigmas de Cristo”.

—Y ella se creyó el versito y se fue al Paraguay. Yo tenía 11 años, me quedé con mi tía y la pasé muy mal —cuenta Graciela y hace una pausa que deja de fondo el murmullo de la televisión


El marido de mi hermana me violó pero cuando volvió mi mamá, me dijo que no diga nada, que había que resguardar a la familia. Y nunca se lo conté a nadie.


No le gusta sacarse fotos. También odia su nombre. Muy pocos saben cómo se llama. En Ituzaingó es Graciela o la puta del barrio porque sus hijos no son del mismo padre.

 ***

Todas las mañanas Graciela lleva a sus hijas mayores a la escuela. Priscila, de doce años, se sube a la bicicleta y Abigail, su hermana dos años mayor, camina con mala cara junto a ellas intentando a veces cambiar el rumbo. Luego, su mamá regresa a la casa. Levanta a los más chiquitos de la cama para que hagan la tarea. Mientras tanto, estira el único juego de sábanas de la habitación que comparte con sus cuatro hijos. La hora del almuerzo llega junto a un momento de preocupación. Después de una sopa calentita sobre un plato de spider man, Bautista, el más pequeño de la casa, busca su guardapolvo y arrastra su mochila por el suelo con una sonrisa. Ángeles, de apenas 8 años, se abrocha los botones de su delantal celeste y camina junto a su hermano rumbo a la escuela.

Graciela intentó terminar el secundario pero el cansancio y sus 34 años hicieron que este proyecto quedara atrás. Se crió en el mismo barrio en el que vive y sus cuatro hijos estudian en la misma escuela a la que ella asistió. Cuando caminan juntos hacia el colegio, Graciela nunca cambia el recorrido que la hace viajar en el tiempo hacia la mejor época de su vida: la adolescencia. Un chico alto, musculoso y con una sonrisa de dientes blancos sonreía al verla pasar todas las mañanas. Hasta que un día ella se cansó.     

— ¿Qué querés pibe? ¿Un beso? —segundos después ya estaba separando sus labios de los del chico de sonrisa Colgate—

Con Alberto duraron más tiempo de novios que de casados. A los dieciséis años se comprometió porque quedó embarazada de Abigail.

—No quería tener una nena. No podía soportarlo. Quería un nene para que no pase la vida que tuve. Me terminé enfermando porque después cuando nació Abi fue un: ¡No la toques porque te mato!

Dos años después llegó Priscila. Graciela no podía ni pensar en la idea de que su hija mayor se quedara sola. Por la contextura de los cuerpos, las hermanas parecen gemelas. Priscila sueña con ser algún día maestra de inglés, mientras que Abigail no ve la hora de escaparse de su casa.

Graciela juró nunca más quedar embarazada. Pero llegó Angie, su tercera hija, quien nada tiene que envidiarle a las barbies que se venden en cajas de cartón de cualquier juguetería. 

Una vez que el papá de Angie vino muy agresivo y me agarró de los pelos, la nena tenía un año y medio nada más, pero apareció atrás mío y le hizo ¡paff! Le pegó en los tobillos. Yo tenía miedo que él se dé vuelta y la golpee- dice entre lágrimas mientras se le quiebra la voz, pero sigue —Mi vida es un desastre. Nunca me voy a olvidar cuando Angie empezó a hablar y me preguntó: ¿Por qué lloras si mi papá no te quiere?

Graciela nunca supo qué responderle.

Según un informe nacional realizado por La Casa del Encuentro en el año 2015, el 23% de las mujeres embarazadas menores de 20 años, son abandonadas por sus parejas al enterarse del embarazo. El 32% de las mamás son rechazadas por sus maridos antes de cumplir 35 años. Muchas de ellas viven solas asumiendo su maternidad. Hacen de mamá y papá a la vez.

***

Desde la puerta de chapa de la entrada, Graciela mira con el ceño fruncido al más charlatán de la casa. Bautista se entretiene jugando con las montañas de tierra del fondo. Hace rodar su pelota por aquellos médanos llenos de vigas, hierros y ladrillos, materiales para una construcción que nunca se concretó.

Bautista nació sietemesino con apenas 1 kilo 300 gramos. Como no llegó a desarrollar los pulmones, estuvo internado con respirador artificial durante dos largos meses. Nació por causa de los golpes que recibió su mamá en la panza. El bebé no resistió más cuando su papá empujó a Graciela por las escalaras del hospital, después de un rutinario chequeo.

Hace cuatro años descubrió que su pareja era adicta a la cocaína. Quiso separase pero tomó la decisión en un mal momento. Su marido estaba drogado y empezó a pegarle.

Del amor al odio solo hay un paso. En la vida de Graciela hubo golpes y adicciones. Al igual que ella, muchas mujeres son o fueron víctimas de violencia de género. Una violencia que pone en riesgo sus vidas. Graciela fue golpeada durante muchos años pero prefirió callar. Por miedo. Por vergüenza. Por sentirse sola. Prefirió callar.

***

En el barrio San Alberto las tuberías no están en buenas condiciones, al igual que las calles y la única línea de colectivos pasa cada 45 minutos. Arreglar caños y desagües parece cosa de hombres. A través de la cooperativa nacional Ellas Hacen, Graciela comenzó un curso de plomería pensando en la posibilidad de un trabajo y un sueldo que recibiría por asistir a clases.  

—Fui y me anoté. Somos muy pocas las mujeres, dos o tres,  la mayoría son hombres machistas que se creen más que nosotras. Trato de no faltar nunca porque los ochenta pesos que me dan por clase, a veces me salvan la cena de los chicos.

Graciela cobra la Asignación Universal por Hijo, que en octubre del 2016 no es más que $966 mensuales por nene. No cuenta con un trabajo fijo, pero siempre que puede da una mano en el centro comunitario Minka, limpiando el comedor o cocinando para los chicos del barrio.

Son las cinco de la tarde y el sol ya no se siente. Muñecas sin brazos y camiones sin ruedas están tirados por el patio donde solo hay una bacha de cocina y un lavarropas. Graciela se entretiene descolgando ropa de la soga. Antes de empezar a lavar, levanta los brazos y se recoge el pelo con una bandita elástica. Comienza a fregar. Primero saca las manchas con un pan de jabón blanco y luego sumerge la ropa en la palangana como si en el acto de lavar quisiera borrar la suciedad de un pasado.

Saca un broche de su boca y cuelga un par de medias blancas. Levanta la cabeza y ve a sus hijos llegar de la escuela mientras cruzan por la canchita de fútbol.

—Con estos cuatro no me queda otra que levantarme. Si ellos no estuvieran ya hubiera dejado de luchar. Lo único que le pido a Dios es que Abigail llegue a los 21 y se pueda hacer cargo de sus hermanos. Siempre digo: me arrepiento de los padres, no de mis hijos. 

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