Jerga narco: el dilema del periodismo mexicano

(Año XI Número XI - 2011)

En México, el drama del narcotráfico muestra otra cara. La jerga de los narcos gana cada vez más terreno entre sus habitantes e incluso en los medios de comunicación, a costa de políticas públicas tendientes a erradicar este lenguaje de la rutina informativa. ¿Naturalización de la violencia o estímulo para sobrellevar el peligro? Voces a favor y en contra.

Por Carolina Ramos

“Investigan a dos levantones en Cancún”; “Localizan dos cuerpos en narcofosaen Nogales”; 

“Encuentran a cuatro encobijados”; “Hallan a 2 ejecutados encajuelados en un taxi”; “Piden vigilar corporaciones para evitar halcones”.


A simple vista, nada parecería extraño en estos titulares. El mexicano que aquella mañana leyó el diario, sabrá que en Cancún investigan a alguien que secuestró o mató a otro, drogas de por medio. También sabrá que los halcones son los informantes de la mafia, y que si alguien es llamado encobijado es porque hallaron su cadáver envuelto en una frazada. Esa persona, por alguna razón, conoce los términos. Domina la narcojerga. Y es parte del 82 por ciento de los habitantes que consideran al narcotráfico y al crimen organizado como la principal amenaza de su país. ¿Hasta dónde llega el poder del narco?

Para Gloria María Cervantes, maestra en ciencias del lenguaje, no se trata simplemente de términos: “un nuevo discurso emerge del imaginario de la gente a partir de las experiencias derivadas de la violencia vinculada al crimen organizado”. Un discurso que se infiltra en la vida diaria, convive con los mexicanos, y ya es parte del lenguaje común. “Creo que se están dando diversos tipos de creación de nuevas palabras, a distintos niveles y con distintos usos. Está surgiendo en el léxico que está respondiendo a nuevas realidades”, explica la especialista, y agrega: “lo está impactando a nivel de discurso, en nuestro imaginario colectivo y en la representación que tenemos de la sociedad. Obviamente eso se refleja en el vocabulario”.

Una verdadera epidemia lingüística se extiende a lo largo y ancho del país centroamericano. Pero los efectos de la narcojerga no llegaron sólo a los lectores: México es escenario de un controvertido debate entre distintas voces periodísticas y académicas, y al cual las políticas de Estado no son ajenas. “El dilema de la narcojerga es parte de un debate más amplio sobre la forma de cubrir una violencia del narcotráfico cuyas imágenes se vuelven cada vez más crudas”, explica el Diario de Yucatán.

“Mamá, me voy a la cama que mañana tengo un levantón”. “Quizá porque asesinato es una palabra muy fea –explica el antropólogo y periodista Luis Fernando Roldán Quiñones-, los que se ganan la vida con la muerte siempre encuentran la forma de alumbrar nuevas palabras para definir sus actividades”. Por eso, para Roldán Quiñones, “levantón suena raro, pero es mucho mejor que explicar a una madre en qué se va a ocupar la jornada. En realidad, significa secuestrar a un rival para torturarlo y descerrajarle un tiro a quemarropa”. Otros ejemplos aclaran el panorama: “desayunar con la noticia de que eres un borrado es más fácil de digerir que estás muerto, y que te llamen manchado parece preocupar menos que la certeza de que estás señalado para que te ejecuten”, agrega el periodista.

Roldán Quiñones forma parte de aquellos que sostienen que esa serie de eufemismos puede ayudar a la gente a hacer frente a los horrores que la rodean. Extraña paradoja: una epidemia, pero medicinal. Una medicina que respondería a la necesidad de encontrar los términos más claros e idóneos para describir la realidad de la violencia, y “sanar” esa sensación de peligro permanente.

“Tener una palabra que describa un evento terrible puede hacerlo más fácil de sobrellevar”, sostiene Ricardo Ainslie, profesor de la Universidad de Texas, y opina con fundamento: estudió los efectos psicológicos de la violencia en Ciudad Juárez, una de las más peligrosas del mundo. “Ese lenguaje nos sirve para asimilar situaciones muy abrumadoras, la gente necesita esta jerga para estructurar esas experiencias”.

Raúl Ávila, profesor del Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios de El Colegio de México, sostiene asimismo que “no hay nada malo” en emplear esos términos para describir la realidad. El especialista argumenta que, con el uso de estas palabras, lo que se hace es describir de manera “menos directa o cruel” un hecho o suceso sangriento, y que la existencia de eufemismos “es parte de la vida normal del lenguaje”. Pero hay quienes no lo consideran así.

“La narcojerga adormece”. Un anestésico: así es como otras voces califican a esta epidemia de la jerga del mundo de las drogas. Anestésico que hace que la violencia parezca algo de rutina, cuando no debería serlo.

Isabel Miranda de Wallace es una de las tantas activistas mexicanas que creen que esta jerga es una forma peligrosa de aludir a la realidad y deja poco espacio para la indignación por la violencia. “Decir levantón le resta gravedad al caso, porque es un término que usan los secuestradores”, sostiene.

“Entonces -concluye Marco Lara Klahr, periodista e investigador-, con el uso de este lenguaje, un hecho atroz se asume como normal”.

Incluso algunos medios mexicanos son conscientes de lo que implica incorporar estos términos en su rutina informativa. Es el caso del periódico “Nss Oaxaca”. En uno de sus artículos, señala: “los mexicanos –ciudadanos comunes, medios de comunicación y hasta autoridades- hemos adoptado en buena medida el lenguaje de los narcos en nuestras vidas diarias, en nuestras coberturas informativas”, y reconoce que “palabras como narcofosas, encajueladosnarcomensajes, levantones y demás términos que hasta hace algunos años no eran parte de nuestro lenguaje hoy ya son comunes”.

El poder simbólico del narco. Hasta dónde llega el poder del narco fue la pregunta inicial. La antropóloga mexicana Rossana Reguillo parece tener la respuesta: “los medios, especialmente los convencionales, han sucumbido frente al poder simbólico del narco”.

“Uno de los efectos más peligrosos del narco –explica la experta- es el de hacer colapsar nuestros sistemas de significación y ahí el papel de los medios debe ser clave”.

¿Y el Estado? “El fenómeno de la popularización de la jerga de la delincuencia (…) se da en un Estado mexicano sobornado, infiltrado, perpetrado por las organizaciones criminales”, sostiene Reguillo. Tal es así, que “el gobierno suele quejarse de que el país es retratado injustamente por la prensa como un territorio asolado por el crimen”, según señala Mark Stevenson, periodista de la Agencia AP. Así, las autoridades mexicanas, desbordadas cual vaso de agua por palabras que brotan con cada vez más frecuencia de las bocas de los mexicanos, lanzaron una campaña oficial llamada “Habla bien de México”. En un intento por detener la epidemia ya extendida, la prensa debe atarse a un verdadero chaleco de fuerza y empezar a cuidar los términos que emplea. Se trata de un acuerdo voluntario suscritos por las cadenas televisivas más poderosas y algunos diarios, que señala que los periodistas deben evitar el uso de la terminología empleada por los criminales. ¿Censura? ¿Ocultamiento de la verdad? Sea lo que fuere, periódicos mexicanos como Reforma y La Jornada eligieron no firmar el acuerdo. De la misma manera, algunas figuras públicas, como la columnista y escritora Guadalupe Loaeza, manifestaron abiertamente que “es un absurdo, un puritanismo” y que “el mundo de los carteles y de la droga es la realidad y tenemos que mostrarla (…) cuando haces un reportaje de fondo, es muy importante reflejar la forma exacta de hablar de la gente”. 

“Sensibles al costo humano de la guerra contra el narcotráfico –señala un artículo del Diario de Yucatán-, los funcionarios han ajustado las palabras para enfatizar que la violencia se origina con los sicarios de los carteles, no con las operaciones de policías y soldados que buscan combatirlos”.

Pero hay algo más: el gobierno cambió oficialmente el nombre de la base pública de datos sobre muertes relacionadas a la guerra contra el narcotráfico. Ya no es más “Base de datos de homicidios presuntamente relacionados con la delincuencia organizada”. Ahora, se llama “Base de datos de fallecimientos ocurridos por presunta rivalidad delincuencial”.

Mientras el Estado busca la manera de erradicar esta jerga de un país que respira la densa atmósfera narco por los poros, la Real Academia Española publicó el Diccionario de Americanismos. Así, entre las acepciones que contiene el libro, palabras que usan desde los sicarios hasta los grandes jefes de la mafia, como plomear, ejecutar o pase, cuentan con primera vez con el reconocimiento de los académicos de la lengua.

“La cultura del crimen organizado y los narcotraficantes mexicanos es un nuevo campo semántico que debemos conocer” explicó a La Jornada el director de la Academia Mexicana de la Lengua. José Moreno de Alba. Aunque está claro que “es un diccionario descriptivo, no formativo”, tal como lo aclaró Humberto López Rivas, coordinador del trabajo.

Moreno de Alba explicó las razones de los académicos para reconocer sin ningún tipo de dilema moral los giros, acepciones y vocablos narco. “Creo que el crimen organizado no sólo revoluciona el idioma, revoluciona la vida de los ciudadanos, que es lo más grave. (…) En este caso el crimen organizado, como cualquier otra organización, sea delictiva o no, tiene su propia jerga, su manera de expresarse y un diccionario completo debe ir estudiando esto”, razonó. Y, en cuanto a los medios, opinó: “El periodismo, atinadamente, está dando a conocer estos términos, que son informativos, y una manera de informarse con más precisión es usar las palabras que remiten a esas agrupaciones delictivas”. Para Moreno de Alba, “una sociedad que quiere estar bien informada necesita saber este tipo de vocabulario. Y si ahora, en la vida cotidiana, la delincuencia organizada en un ingrediente de los problemas, tenemos que conocerlo (…) Ahí está, no hay que negarlo, y es parte también de la lengua española”.

En base a esto, Reguillo introduce un nuevo aspecto a la discusión: el “paso de la violencia utilitaria a la violencia expresiva”: “me parece que el narco mexicano –razona- se ha dado cuenta de la necesidad de “aparecer” en los medios de otro modo, ampliar las bases de su poder simbólico. Darle la vuelta a los medios desde los mismos medios, convertirse en emisores “calificados” y no sólo en los objetos de emisión”.

En un círculo vicioso, los narcos crean códigos para identificarse. Los medios sucumben a este poder y toman esos códigos. Finalmente, los mexicanos consumen esa jerga. El círculo se repetirá una y otra vez mientras la capacidad humana de crear lenguajes siga reproduciendo nuevas palabras para definir el mundo. Y dará lugar a nuevos debates. Voces a favor y en contra buscarán la manera de dar explicaciones sobre esta nueva epidemia que azota al territorio mexicano. No siempre se llegará a consensos. Pero nadie podrá negar que el mexicano que aquella mañana abrió el diario sabrá que los postes son informantes narco apostados en las esquinas, y que donde hay alguna casa marcada con un grafiti, habrá sido obra de un ventana.

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